Durante las primeras noches de la emergencia, las ambulancias pasaban continuamente ante nuestra casa, como el lamento interminable de la ciudad enferma. Sus luces urgentes exigían atención, pero nos habíamos fijado, tácitamente, la meta de ignorarlas. Conversábamos sobre cualquier cosa mientras las paredes y el techo se iluminaban ante nosotros y la ciudad aullaba.

A veces había silencio. Venía lento, portando ansiedades nuevas. Creíamos escuchar todos los ruidos del barrio: una tos alarmante, un piano dudoso, estallidos lejanos que, normalmente, ignoraríamos y cuya explicación ahora nos consumía. Nuestra hija dormía entre nosotros, desvelados.

Nueva York esperó hasta el último día posible para cerrar, paralizada por el conflicto entre el alcalde y el gobernador del estado, y entre ellos y el presidente. Cuando por fin se dictó la orden de quedarse en casa, el 22 de marzo, habían pasado tres semanas desde la detección del primer caso, y una semana desde la primera muerte.

Para entonces, las noticias internacionales ya habían consolidado una narrativa que contraponía la disciplina autoritaria de las sociedades asiáticas y el caos democrático de las europeas. Quedaba por saber qué ocurriría en los Estados Unidos, pero todo predecía –acertadamente, lo descubrimos luego- que seríamos un caso intermedio, con autoritarismo y caos. En Washington, Trump hacía todo lo posible por minimizar la gravedad del brote, eludir la responsabilidad y culpar a otros. En Nueva York, el alcalde De Blasio y el gobernador Cuomo se enfrentaban diariamente en filosofía, política y hasta terminología. Su banalidad llegó al límite cuando desperdiciaron tiempo por el nombre de la medida de cuarentena: el alcalde la llamaba “Tome refugio donde se encuentre” (shelter in place), pero el gobernador prefería el más coloquial “Quédese en casa” (stay at home).

Nosotros tomamos refugio (o nos quedamos en casa) bastante antes de las órdenes oficiales, tal vez por el instinto peruano de anticipar lo peor, y, de pronto, nos encontramos viviendo un paralelo extraño con el país lejano: seguíamos las instrucciones de Vizcarra pese a vivir en el país de Trump. Las expediciones para abastecernos ocurrieron antes del pánico local, y la casa y nuestras vidas se sellaron al exterior cuando Nueva York aún discutía ruidosamente qué hacer.

Terminamos viviendo dos pandemias y dos ciudades, cada una con un ritmo particular: paralelas y disonantes. En Nueva York, la opinión pública le gritaba enfurecida a las autoridades por no cerrar; de Lima, nos llegaban notas festivas y no poca sorna ante la presunta exageración presidencial.

Cuando por fin cerró Nueva York, ya era tarde: en cuestión de días la tasa de muertes diarias pasó de una docena a 800. Jamás una crisis fue tan anunciada y a la vez tan súbita. Cada mañana, los noticieros reportaban la masacre de la noche anterior: en tres noches morían más neoyorquinos por el virus que los que murieron en el atentado de las Torres Gemelas. Contábamos las muertes totales del Perú y no llegaban a las muertes diarias en Nueva York, donde se multiplicaba el espectáculo de la catástrofe: fosas comunes, hospitales de campaña, tropas de la Guardia Nacional en las calles. Pensaba que mejor hubiéramos estado en Lima. Yo no lo decía, pero me temía que había encerrado a mi familia en una trampa.

Eduardo González is a human rights consultant and sociologist, specialized in transitional justice. A Peruvian national, he participated in his country’s Truth and Reconciliation Commission, at the end of a twenty-year internal armed conflict. Later, as an expert, he contributed to the establishment and operations of truth and reconciliation processes in about 20 countries, providing technical and strategic advice.

In addition to his expertise, he is an avid participant in policy debates on the intersection of human rights, democracy and peace; as well as a creative researcher and educator. He lives in New York City.

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Historia de dos ciudades, Eduardo González Cueva.